Hace unos días salió
la noticia de una empresa neozelandesa (podéis hacer clic en la foto para acceder a esta), que ha puesto a prueba esta forma de
gestionar la jornada. Decidieron que, durante los meses de marzo y abril, la
jornada laboral se reduciría a cuatro días, conservando el sueldo que tenían al
trabajar cinco. El objetivo: lograr un mejor equilibrio entre la vida
profesional y la personal. El resultado fue bastante satisfactorio. Hubo un
aumento tanto de la satisfacción, como de la productividad de los trabajadores, así como
un descenso en el nivel de estrés personal, y el absentismo.
No solo mejoraría
la conciliación laboral y familiar, los estudios realizados afirman que “al
aumentar la felicidad del trabajador por la expectativa de una semana laboral
más corta también aumenta su productividad”.
Viendo estos resultados, y el
efecto positivo que ha parecido tener, ¿nos beneficiaría realizar un cambio de
este tipo?


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